
El Viernes Santo conmemora uno de los momentos más significativos del relato cristiano, la crucifixión y muerte de Jesucristo. Se trata de la jornada en la que, según los Evangelios del Nuevo Testamento, se concretó el sacrificio que había sido anticipado en los días previos.
Tras los acontecimientos del jueves por la noche, los textos bíblicos narran que Jesús fue arrestado y llevado ante las autoridades. Luego de ser juzgado, fue condenado a morir en la cruz, una de las formas de ejecución más utilizadas en la época por el Imperio romano.
Los Evangelios describen que fue llevado al Gólgota, donde fue clavado en la cruz y permaneció allí durante varias horas. En ese contexto, se registran algunas de sus últimas palabras, entre ellas: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34).
El relato también da cuenta del sufrimiento físico y emocional que atravesó durante ese proceso. Finalmente, su muerte es presentada como el momento culminante del sacrificio que, según la fe cristiana, forma parte de la expiación.
Tras su muerte, su cuerpo fue bajado de la cruz y colocado en un sepulcro.
Para los creyentes, este día recuerda que Jesús sufrió tanto en Getsemaní como en la cruz para que las personas puedan arrepentirse, recibir perdón y restaurar su relación con Dios. Incluso en medio de la agonía, el Evangelio destaca que el propio Jesús pidió por quienes lo perseguían, reforzando el mensaje del perdón como eje central de la fecha.
