
Hay historias que resumen el valor de la artesanía catamarqueña mucho mejor que cualquier reconocimiento. La de Graciela Salvatierra es una de ellas. La tejedora de Londres, Belén, aprendió el oficio de sus abuelos y sus padres cuando era apenas una niña, logró convertir ese conocimiento en el sustento de su familia y, décadas después, obtuvo dos veces el premio al Mejor Poncho de la Fiesta Nacional e Internacional del Poncho.
En 2023, además, una de sus creaciones llegó hasta la cumbre del G20 realizada en Nueva Delhi, India, un reconocimiento que la llenó de orgullo. "Muy contenta siempre. Es una satisfacción para mí", expresó durante una entrevista en el programa El Ágora de TVEO.
Sin embargo, asegura que el mayor logro no fueron los premios, sino haber demostrado que un oficio tradicional todavía puede convertirse en un proyecto de vida. Hoy, ella, sus tres hijos y sus respectivas familias viven exclusivamente del telar.
"Mis tres hijos y yo vivimos de este trabajo. Se puede vivir, pero trabajando duro", contó.
Ese camino comenzó mucho tiempo atrás. Salvatierra recordó que desde pequeña acompañaba a sus padres y abuelos en las tareas del telar, una experiencia que terminó marcando toda su vida.
"Desde muy chicos nos ponían a ayudar y de ahí me ha quedado todo el aprendizaje de ellos", relató. Con el tiempo, ese aprendizaje se transformó en una forma de sostener económicamente a su familia y en un legado que hoy continúa con las nuevas generaciones.
Cada una de sus prendas es el resultado de un proceso completamente artesanal. Trabaja principalmente con lana de oveja y utiliza tintes naturales obtenidos de plantas de la región. La confección de un poncho demanda largas jornadas de trabajo, desde la preparación de la lana y el teñido hasta el dibujo final del tejido.
"Lleva mucho tiempo. La guardatada es la que lleva más tiempo porque es el dibujo", explicó al describir una tarea que requiere paciencia y precisión.
A pesar de los cambios tecnológicos, nunca pensó en modificar la técnica que heredó de su familia. "No lo cambio", afirmó con convicción. Incluso recordó que alguna vez conoció otros tipos de telares, aunque la experiencia solo reforzó su decisión. "Para mí, déjeme con mi telar" expresó.
La continuidad del oficio también es una de sus mayores satisfacciones. Gracias al impulso de sus hijos, el taller familiar comenzó a recibir a jóvenes interesados en aprender el trabajo artesanal. Muchos de ellos hoy desarrollan sus propios emprendimientos.
"Nosotros enseñamos a muchos jóvenes y ahora están trabajando solos. Eso está bien para que no se pierda", destacó.
Para Salvatierra, la Fiesta Nacional e Internacional del Poncho continúa siendo el principal espacio de difusión y comercialización para los artesanos catamarqueños.
Recordó que muchos de sus clientes la conocieron durante el evento y luego continuaron realizando encargos desde distintos puntos del país. Incluso explicó que actualmente parte de las ventas se concretan mediante internet y envíos por correo, una tarea que hoy gestionan sus hijos.
Con décadas dedicadas al telar criollo, Graciela Salvatierra sostiene que el verdadero valor de la artesanía no reside únicamente en la prenda terminada, sino en el legado familiar, el esfuerzo cotidiano y la transmisión de un conocimiento que, gracias a nuevas generaciones de artesanos, continúa vigente en Catamarca.