
Son tiempos difíciles para el periodismo en Argentina. Al hostigamiento y descalificación permanente del poder político, se suma la crisis económica, el desinterés informativo de las nuevas audiencias y el impacto de la Inteligencia Artificial (IA) en la rutina de las redacciones. Ante esa confluencia de frentes, el desafío no parece ser otro que volver a las bases: investigar, relatar historias, buscar la verdad y defender la libertad de expresión. Es decir, ejercer el periodismo en su más pura acepción.
La presión político-institucional contra la prensa independiente lleva más de dos décadas consecutivas. Desde 2003 hasta 2015, los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner tuvieron una postura de confrontación directa con los medios y periodistas disidentes. Eliminaron las conferencias de prensa y usaron la pauta publicitaria en forma arbitraria para premiar a los afines y castigar a los críticos. Después vino la nueva Ley de Medios, los escraches en la vía pública y el montaje de una estructura financiada por el Estado para difamar a la prensa independiente. Fue aquella aberración denominada “periodismo militante”.
Con la asunción de Javier Milei en diciembre de 2023, el ataque a la prensa se tornó más visceral. Además de eliminar la pauta publicitaria en aras del equilibrio fiscal, Milei convirtió la hostilidad al periodismo crítico en una táctica de gobierno. Y lo hizo de una forma brutal, con insultos y adjetivos denigrantes a todos los que opinaban distinto o se atrevían a investigar actos sospechosos de corrupción en su entorno.
“Ensobrados”, “mandriles”, “delincuentes”, “casta”, “mentirosos de mierda”, “degenerados”, “kukas”, fueron algunos de los términos que Milei reprodujo en sus redes sociales y también en actos públicos. La frase que acuñó para resumir tal animadversión fue: “No odiamos lo suficiente a los periodistas”, con un hashtag incluido “#NOLSALP”.
Los analistas definen esa estrategia como “media-bashing” (apaleamiento de medios) o “desintermediación”. Por un lado, el efecto buscado es que la audiencia pierda la confianza en medios y periodistas. Y luego, eliminarlos como mediadores válidos, de modo que la gente solo se “informe” a través de los canales directos o plataformas oficiales.
En riesgo de callar
El Foro de Periodismo Argentino (FOPEA) lleva un exhaustivo registro de casi dos décadas. Su informe anual 2025, titulado "El periodismo en riesgo de silencio", es contundente: hubo 278 casos de ataques a la libertad de expresión en un solo año, un récord histórico desde que comenzó el monitoreo en 2008, y un 55% más que en 2024. Desde el inicio del actual gobierno, los ataques crecieron un 137,6%.
El dato que FOPEA considera revelador es quién protagoniza esa violencia. El presidente Milei fue el mayor agresor individual del año: 119 de los 278 casos registrados -el 42,8% del total- le son atribuidos directamente. Y de esos ataques, el 85,6% corresponde a discurso estigmatizante: la construcción sistemática del periodista como enemigo, como operador, como cómplice de la "casta".
Pero la violencia no se agota en las palabras. El tipo de ataque que más creció en 2025 -un 150% respecto a 2024- fueron las acciones judiciales civiles o penales contra periodistas y medios: 30 casos en total, frente a 12 el año anterior.
Para FOPEA, ese mecanismo busca agotar económica y emocionalmente a los periodistas y a las redacciones. No hace falta ganar un juicio para silenciar; alcanza con obligar a pagar abogados, con la incertidumbre y el tiempo que se pierde en tribunales en lugar de estar en la redacción.
¿Le funcionó la estrategia al Presidente? En el corto plazo, le sirvió para cohesionar a su base electoral y desviar la agenda en momentos de crisis. Pero los datos de 2026 sugieren que la táctica muestra rendimientos decrecientes. Una encuesta de la consultora Zuban Córdoba reveló que el 62% de los argentinos cree que los ataques de Milei al periodismo dañan la libertad de prensa, y el 64% considera que el gobierno es cada vez más autoritario. El hostigamiento no convenció a la mayoría. Solo irritó a los ya convencidos.
El silencio más peligroso
Pero los desafíos del periodismo argentino no se reducen a su vínculo con el gobierno de turno. Hay una crisis más profunda, más silenciosa y en ciertos aspectos más preocupante: la desafección del público.
Según datos del “Reuters Institute for the Study of Journalism”, en 2017 el 77% de los argentinos decía estar extremadamente o muy interesado en las noticias. En 2025 esa cifra cayó al 42%, o sea, menos de un tercio confía en los medios. Y un 46% admite evitar las noticias "a veces", una proporción mayor al promedio mundial del 40%, con los menores de 35 años como protagonistas de esa evasión.
¿Qué explica este alejamiento? Principalmente, la saturación informativa y la proliferación de desinformación que hace cada vez más difícil distinguir qué es verdadero y qué es falso. Más de la mitad de los encuestados a nivel mundial admite inquietud por su capacidad para hacer esa distinción.
Esta desafección no es un problema de imagen del periodismo. Es un problema de democracia. Una ciudadanía que no confía en la información y que evita las noticias es más vulnerable a la manipulación, tiene menos elementos para tomar decisiones políticas informadas y está más expuesta a los relatos que el poder construye sin contrapeso.
Misión amenazada
A la presión política y la crisis de credibilidad se suma una tercera dimensión, menos visible pero igual de corrosiva: la crisis de financiamiento.
El gobierno de Milei anunció en 2024 la eliminación de la pauta oficial para medios y el cierre de Télam, la agencia de noticias pública que durante décadas funcionó como insumo esencial para el periodismo federal, especialmente en provincias con recursos limitados.
Tales decisiones profundizaron problemas estructurales previos que organismos como RSF (Reporteros Sin Fronteras) y el propio FOPEA documentan desde hace años, entre ellos la concentración mediática en pocas manos y la precarización laboral de los trabajadores de prensa.
La publicidad oficial, lejos de desaparecer, se redistribuyó por otras vías. Pero el efecto sobre los medios críticos o pequeños fue real: menos recursos, más presión, redacciones reducidas, periodistas que trabajan en condiciones de creciente informalidad. Entre 2021 y 2025, cerraron más medios de los que se crearon en América Latina. Argentina no fue la excepción.
IA, la gran incógnita
A todos estos desafíos se suma uno de dimensión histórica: la irrupción de la IA en el ecosistema informativo. Una reciente investigación de la carrera de Ciencias de la Comunicación de la UBA identificó cuatro problemas centrales que la IA plantea al periodismo: preservar la autonomía editorial frente a la mediación algorítmica; garantizar la calidad informativa y contener la desinformación; enfrentar la precarización que la automatización genera en las redacciones; y construir políticas editoriales que contengan las decisiones éticas que hoy recaen sobre los individuos.
En otros términos, que la IA sirva como apoyo del trabajo profesional de los periodistas, no como sustituto. De hecho, esa tecnología puede ser un aliado poderoso para el periodismo de investigación, para procesar grandes volúmenes de datos y hacer más accesibles los contenidos.
El periodista, escritor y docente indio Sunil Saxena, fundador de AI Media Academy, expresó en una entrevista con La Nación que si bien las herramientas tecnológicas cambian, lo que debe mantenerse siempre es “el criterio y los valores editoriales”.
“El periodismo es un proceso de valores. No depende de herramientas. La IA no lo degradará, pero los periodistas pueden perder su voz si la usan sin criterio. Mantener en alto la bandera del periodismo depende de ellos”, aseveró.
La esencia como escudo
Entonces, ¿qué es lo que el periodismo tiene que ningún algoritmo, ni gobierno y ni crisis económica pueden quitarle? La vocación y el compromiso. Esto es, la búsqueda diaria de información en forma honesta y con rigor profesional, lo que implica chequear antes de publicar. Y relatar historias que los conecten con su audiencia.
Conservar esa esencia, en este contexto, no debería ser una actitud pasiva ni nostálgica. Es el único escudo real que tiene el periodismo frente a quienes quieren desnaturalizarlo, ya sea convirtiéndolo en propaganda, en entretenimiento vacío, en trinchera ideológica o en contenido generado por máquinas sin criterio editorial.
En la apertura del último congreso de FOPEA en Córdoba, en mayo pasado, su presidente, el periodista tucumano Fernando Stanich, resumió el desafío del periodismo argentino en estos términos “Hay cuestiones que nos interpelan y sobre las que sí tenemos la obligación de hacer algo: el deterioro de la libertad de expresión, las nuevas formas de silenciamiento, el divorcio con la sociedad y la desinformación. No puede haber una sociedad con libertad de expresión con una prensa amordazada”.
El Día del Periodista debería ser, por lo tanto, una renovación del contrato que cada periodista tiene con su audiencia y con su propia conciencia: decir la verdad, o al menos intentarlo, con los recursos disponibles y a pesar de todo.


