Catuchas

La ciudad de las seis fundaciones: La Capital conmemora el largo camino hacia su nacimiento definitivo

Un 5 de julio de 1683, el gobernador Fernando de Mendoza y Mate de Luna firmaba el acta fundacional de San Fernando del Valle. Detrás del decreto quedaba casi un siglo de guerras, inundaciones y mudanzas forzadas que forjaron la identidad de la capital provincial.

Por Eliana Mazzolini

Cada 5 de julio, la capital catamarqueña celebra un nuevo aniversario de su fundación formal. Sin embargo, la historia de San Fernando del Valle de Catamarca no comenzó con un trámite pacífico ni con una decisión al azar. Su nacimiento definitivo en 1683 fue, en realidad, el cierre de un dramático periplo de 125 años marcado por el desarraigo, la resistencia de los pueblos originarios y la incansable búsqueda de un lugar seguro en el mapa colonial.

El derrotero comenzó en 1558 en la actual región de Belén, cuando Juan Pérez de Zurita fundó Londres de la Nueva Inglaterra. Aquel primer intento fue el inicio de una serie de fracasos y mudanzas obligadas. Los intensos conflictos conocidos como las Guerras Calchaquíes, sumados a las crecidas de los ríos, forzaron a los colonos a refundar y trasladar la urbe en cinco oportunidades distintas, pasando por Andalgalá y la desértica San Juan de la Ribera de Pomán. Los pobladores de la época vivían bajo el constante peligro de los ataques y el aislamiento geográfico.

Hacia finales del siglo XVII, la situación en Pomán se volvió insostenible. Los vecinos exigieron a las autoridades de la Corona española el traslado definitivo hacia el Valle Central, una zona mucho más fértil, con acceso al agua y estratégicamente ubicada para las rutas comerciales de la región. El gobernador Fernando de Mendoza y Mate de Luna escuchó el reclamo y, el 5 de julio de 1683, bajó al valle para delimitar la plaza principal, repartir los solares y fundar la ciudad bajo su nombre actual.

Con este aniversario, Catamarca no solo recuerda un decreto colonial, sino la profunda resiliencia de una comunidad que se negó a desaparecer. Aquella fortaleza en la falda de los cerros —significado quichua que da origen a su nombre— logró consolidarse con los años como el epicentro cultural, religioso y social del noroeste argentino, transformando un siglo de frustraciones en la base de su rica identidad presente.