Catuchas

Amor eterno a Esquiú: Tiene discapacidad visual y tradujo la vida del fraile al braille

Con gran determinación, Verónica dedicó varios meses de su vida a traducir al braille un libro de la vida del beato Fray Mamerto Esquiú.
Por Rosario Moreno

Con el sol del mediodía de un otoño catamarqueño, fuimos a entrevistar a Verónica y a su mamá, Lucía.

Mientras afuera predominaba el típico alboroto de una mañana de martes en el centro capitalino, nos dispusimos a buscar un lugar más tranquilo para realizar la entrevista. Como perro que no encuentra la cucha, buscamos algún lugar más silencioso y propio, pero entre las visitas guiadas de los niños de los colegios al Museo de la Virgen del Valle, las manifestaciones concentradas en la plaza 25 de mayo y los bocinazos en la esquina del Banco Nación, comenzábamos a perder las esperanzas.

Es que esta entrevista, más allá de su especificidad propia que le compete, necesitaba de un lugar tranquilo ya que Verónica necesitaba escucharnos y hablar sin sonidos externos.

El lugar justo

Fue en ese momento en que se nos prendió la lamparita: “¿Si preguntamos en la Santería?”.

Como un relámpago, nos dirigimos a la icónica Santería de la Virgen del Valle, contigua a la Catedral Basílica de Nuestra Virgen del Valle. Apenas entramos, supimos que era el lugar que se merecía Verónica: tranquilo, ameno y con una mística que sólo los lugares religiosos pueden proveer.

Tímidamente les pedimos a los encargados de la santería si podíamos usar su vitrina para que Vero se sintiese más a gusto. Con grata generosidad, nos dieron el visto bueno y comenzamos a planear los planos.

Inmediatamente fuimos a buscar a Vero y a Luci, como a ellas les gusta que las llamen, y estaban sentadas en un banco de la plaza, disfrutando del sol de la mañana, cerca de los rosedales blancos. Como si nos conociéramos de toda la vida, Luci y Vero nos saludaron afectuosamente y comenzamos a charlar distendidamente.

Un legado que pasará a la historia catamarqueña

Con suma humildad, ambas traían una reliquia de valor inconmensurable. Es que Vero, que tiene una discapacidad visual, tradujo al braille dos tomos de más de 70 páginas de textos de la vida del beato Fray Mamerto Esquiú.

Cuidadosamente nos mostró el trabajo que le llevó tres meses de realizar, página por página. Con suma delicadeza, nos explicó que las traducciones fueron un gran trabajo en equipo, ya que la asistieron su mamá, Luci; su hermana, Karen y un amigo, Daniel Camaño.

Camaño fue clave en todo lo que sucedería después, ya que el libro de la vida de Esquiú llegó a sus manos de manera inexplicable, según él. “Me lo empezó a leer, lo empecé a escribir y me compenetré con la vida del fraile”, nos comentaba la joven.

La adoración hacia el fraile

Curiosamente, Vero no era devota del fraile, pero ella explicaba que, al compenetrarse con el libro, su devoción y amor por el obispo fue incrementando. Tanta es su admiración que lleva siempre con ella un rosario que le regaló su mamá con la imagen de Esquiú, de un lado, y del otro, la Virgen del Valle.

Luci, o la “luz de mis ojos” como le dice Vero, fue su gran compañera en todo. Desde ayudar en las transcripciones hasta motivar a la joven cuando ya no se sentía con fuerzas para seguir escribiendo. “Cuando me cansaba, le decía ‘mami, ya no tengo ganas de escribir’, pero una vocecita me decía ‘tenés que escribir, tenés que escribir’. Me levantaba y le decía ‘bueno, mami. Vamos. Nos pongamos las pilas y escribamos’”, cuenta al recordar el desarrollo de la transcripción.

No todo fue un camino de rosas

No fue un proyecto sencillo. Como en todo proceso de escritura, existen los errores de tipeo, los cuales deben ser corregidos con un punzón de braille con una punta redondeada. Sumado a esto, la transcripción también tiene su desgaste físico: Verónica tuvo los dedos entumecidos en varias ocasiones, dolor en los tendones y amortiguamiento en los brazos.

Pero continuó adelante, convencida de su propósito de terminar.

Sin perder de vista lo más importante

Anécdota va, anécdota viene. Entre varias remembranzas, Vero tiene muy en claro que es lo que más admira de su amado fraile: “A él no le importaba lo material. Él en una parte dice ‘lo material no es para mí’”.

Aun con la tenue luz del sol de otoño a través de las ventanas de la santería, Verónica irradia un brillo particular, un espíritu de alguien que encontró paz en su absoluta devoción hacia Esquiú. Un bienestar y una satisfacción al cumplir con su objetivo, en una especie de designio divino.

“Pero todo valió la pena”, concluyó, con una amplia sonrisa y entre sus dedos, su adorado rosario.