
La historia del Cabeza de Piedra de El Rodeo forma parte de las tradiciones orales más conocidas de la zona. En los últimos días, el relato volvió a circular gracias a una publicación de Natalia Lorena Fernández, quien se dedica a difundir personajes, lugares y relatos históricos de Catamarca.
El origen de la leyenda se remonta a 1929, durante la construcción del camino que uniría la ciudad Capital con El Rodeo y Las Juntas a través de la quebrada. En esa obra trabajaba un capataz de carácter duro, poco dialoguista y malhumorado.
Entre los obreros se encontraba su hermano menor, Eleodoro Barros, un picapedrero experimentado y respetado por su oficio. Con el paso del tiempo, el trabajo intenso y las diferencias personales tensaron la relación entre ambos.
Cada vez que Eleodoro proponía una idea, el capataz la rechazaba sin escuchar. Cansado del destrato, el menor comenzó a burlarse y a llamarlo como lo hacían otros trabajadores en voz baja: “cabeza dura”, “cabeza de piedra”.
Tras una fuerte discusión, Eleodoro decidió canalizar su enojo de una manera singular. Aprovechó la forma natural de una gran roca ubicada al costado del camino y cinceló en ella el rostro de su hermano, con rasgos rígidos y expresión severa.
Desde entonces, la figura quedó allí. Primero funcionó como mojón y punto de referencia para quienes transitaban la zona. Con el tiempo, se transformó en uno de los símbolos más reconocibles de El Rodeo.
La tradición oral sostiene que los hermanos nunca se reconciliaron. El relato, tal como lo recupera Fernández a partir de testimonios locales, deja una enseñanza irónica y profundamente popular, lejos de la clásica máxima del Martín Fierro sobre la unión familiar:
“Si tu hermano es un cabeza de piedra, hacéle un monumento para que no lo olvide jamás.”


