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“Cada poncho que tejo es como un hijo”: la historia de una artesana catamarqueña que vive por y para el Poncho

“El poncho es lo más grande que tengo yo”, afirma con firmeza Zárate. “Es una cosa que yo me levanto y lo primero que agarro es las cosas del telar. Antes de poner el agua para el mate cocido, primero voy por el telar, veo qué es lo que tengo que hacer. Después me siento a tomar mate y ya sigo con las cosas del telar”. Su rutina comienza cada día con el hilo entre las manos, en un ritual que no se detiene ni siquiera de madrugada.

La Fiesta del Poncho es, para Guillermina, un momento sagrado. “Es algo especial para mí, porque uno lo espera con tantas ansias durante todo el año”, cuenta emocionada a la prensa local. “Desde que termina el Poncho del año pasado, comienzo a trabajar para este otro Poncho. Yo no descanso en ningún momento. A veces acá en la casa me dicen: ¿por qué no descansas un poco? Pero yo sé que el tiempo es corto, porque cuando uno se da cuenta ya pasaron dos meses, tres meses… es tiempo que ha perdido”.

La artesana participa de la fiesta desde 2003, año en el que fue descubierta por la reconocida diseñadora Mirta Presas. “Ella fue la que me ha descubierto, me ha sacado a la luz del Poncho. Siempre vivo agradecida de ella, porque fue la que me ha visto hilar y ha quedado encantada”, recuerda con gratitud. Aquel momento marcó un antes y un después. “Fue la primera tela que vendí, una media manta, que fue para Máxima. La llevaron a Casa Catamarca y de ahí la compró Máxima”, relató, en referencia a la reina de los Países Bajos.

Guillermina no solo es admirada por sus pares y visitantes, sino también por su familia. “Mi nieto me dice: ‘Abuela, qué famosa que sos’. También tengo una sobrinita que me abraza y me dice: ‘Tía, qué famosa que es usted’”, cuenta entre risas y ternura. Su historia conmueve a generaciones enteras, y parte de su legado se empieza a replicar en hijas, nietas y bisnietas. “Me saco fotos tejiendo con la hija, con la nieta y con la bisnieta. Las dos hijas me siguen, las nietas también, aunque ya es más difícil porque están estudiando”.

Cuando se le pregunta cómo explicaría lo que se vive en la Fiesta del Poncho a alguien que nunca la visitó, Guillermina no duda: “Mirá, yo no me canso. Será el amor que le tengo a los tejidos, a la fiesta, todas esas cosas… que yo no me canso. Yo no veo la hora de salir a estar ahí en el stand”. A pesar de que reconoce que “llega el último día y ya no querés saber nada”, para ella el entusiasmo nunca decae.

“Cada poncho que tejo es como un hijo”, revela Guillermina con orgullo. “Desde que uno hace el deserdado, el hilado, la torcida… todo el proceso lo hace uno. Por eso es como si fuera un hijo”. Tejer un poncho de vicuña, por ejemplo, puede llevar entre seis meses y un año. “Hasta que uno lo hila, lo tuerce, lo saca, hace todo eso… es un trabajo largo hasta que llega al telar y se teje”.

Finalmente, para quienes quieran conocer o adquirir sus tejidos, Guillermina invita a buscarla en redes sociales. “Tengo Instagram. Guillermina Zárate. Ahí me encuentran. Mis hijos, mis nietos también ayudan con la difusión”, contó.

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