En tiempos donde la vida parece medirse en historias, likes y publicaciones, la exposición dejó de ser una excepción para convertirse en regla. Y en ese escenario, los niños, niñas y adolescentes (quienes deberían ser los principales sujetos de cuidado) muchas veces pasan a ser protagonistas involuntarios de una narrativa digital que no eligieron.
El fenómeno conocido como sharenting describe precisamente eso: la práctica de madres, padres o adultos responsables que comparten en redes sociales imágenes, videos o información sobre sus hijos. A simple vista, puede parecer un gesto cotidiano, incluso afectivo. Mostrar un logro, una ocurrencia o un momento familiar parecería formar parte de la vida misma. Pero el problema no está en compartir; está en no advertir las consecuencias de hacerlo sin límites.
Porque internet no olvida. Y lo que hoy se publica como una anécdota inocente puede convertirse mañana en una fuente de incomodidad, exposición o incluso vulneración de derechos. Los niños no son extensiones digitales de sus padres. Son personas con identidad propia, con derecho a la intimidad, a la imagen y, fundamentalmente, a construir su propia historia sin condicionamientos previos impuestos por terceros.
El derecho a la privacidad no es un privilegio de los adultos. Es una garantía que también alcanza a la infancia, y que adquiere una dimensión aún más relevante en el entorno digital. Exponer rutinas, ubicaciones, instituciones educativas o situaciones personales no solo afecta la esfera íntima, sino que puede generar riesgos concretos para la seguridad.
Pero hay algo aún más profundo: el derecho a no ser definido antes de tiempo. Cada publicación construye una huella digital que, en muchos casos, precede a la voluntad del propio niño o niña. Se configura así una identidad anticipada, narrada por otros, que puede condicionar su desarrollo personal y social.
Esto no implica demonizar las redes sociales ni imponer una lógica de silencio absoluto. Implica, en cambio, introducir una pausa. Pensar antes de publicar. Preguntarse si ese contenido respeta la dignidad del niño, si podría avergonzarlo en el futuro, si realmente es necesario compartirlo.
Criar también es proteger. Y en la era digital, proteger implica saber qué mostrar, qué callar y, sobre todo, comprender que no todo lo que se vive necesita ser exhibido.
Porque cuando se trata de la infancia, la prudencia no es una opción; es un deber.
Por Rodrigo Morabito
Juez Penal Juvenil de Catamarca
