La industria del vino en Argentina confirmó una vez más su rol clave como generadora de ingresos en divisas para el país. Los envíos al exterior del complejo uva-vino sumaron 933 millones de dólares en el último período, marcando un aumento interanual superior al 15%. No obstante, los números preliminares del corriente año reflejan un retroceso en los volúmenes y la facturación de vino, en un escenario donde la elevada carga tributaria puede llegar a absorber más del 60% del excedente de una bodega con producción integrada.
Con una superficie implantada que ronda las 200.000 hectáreas distribuidas en más de 22.000 viñedos a lo largo de 18 provincias, la cadena vitivinícola se posiciona entre las diez principales agroexportadoras de la Argentina. El país ocupa el undécimo puesto como exportador mundial, es el séptimo productor y el noveno consumidor a nivel global. Sin embargo, la conversación actual trasciende el ranking internacional para centrarse en los desafíos de competitividad estructural.
Mario González, presidente de la Corporación Vitivinícola Argentina (COVIAR), subrayó: “El sector tiene una capacidad exportadora muy importante, pero requiere de previsibilidad y un marco que fomente la inversión para desarrollarla plenamente”.
El crecimiento porcentual más significativo se observó en las exportaciones de uva en fresco, con un alza interanual del 86,9%, seguidas por las pasas de uva (+82,3%) y el mosto (+75%). En términos de valor absoluto, los productos que más incrementaron sus ingresos en dólares fueron el mosto o jugo concentrado, con 57 millones de dólares adicionales; las pasas de uva, con 37 millones más; y el vino fraccionado, que sumó 22 millones extra respecto al año anterior. Dentro del análisis por producto, el vino fraccionado es el de mayor volumen comercializado, cerrando el último año con un crecimiento del 3,4% en facturación y del 3,2% en volumen exportado.
Las cifras provisionales del año en curso, basadas en anticipos del Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV), indican que las exportaciones totales de vino (tanto fraccionado como a granel) registraron una merma del 6,8% en volumen y del 7,2% en valor, comparado con el período anterior.
Desde COVIAR también se informó que el precio promedio de exportación del vino fraccionado experimentó una leve contracción del 1,8%.
En sintonía, Fabían Ruggeri, quien asumirá la presidencia de COVIAR el próximo 7 de marzo, adelantó que “el foco para este año estará en afianzar los mercados actuales, ampliar la diversificación de destinos y robustecer la competitividad integral de toda la cadena productiva”.
Además de su aporte en moneda extranjera, el complejo exportador de la uva –que abarca vino, mosto, pasas y uva fresca– es un actor fundamental en la creación de empleo. Por cada 100 hectáreas cultivadas en producción, la vitivinicultura genera aproximadamente 72 puestos de trabajo directos, una cifra muy superior a la de otros complejos agropecuarios extensivos.
“Hablamos de una actividad que crea diez veces más empleo por hectárea que el maní y está muy por encima de cultivos como la soja, el maíz o el trigo. Esto evidencia el impacto social y federal de la vitivinicultura”, remarcó González.
Un momento clave
La vitivinicultura nacional se encuentra en una etapa de definición. Con una fuerte presencia en Mendoza y San Juan, y una expansión creciente en La Rioja, Catamarca, Salta, Buenos Aires y la Patagonia, el sector pide un cambio en las reglas de juego para ganar competitividad y consolidarse.
Generadora de unos 100.000 empleos directos y cerca de 350.000 indirectos, la cadena del vino representa una de las economías regionales con mayor integración territorial. Aun así, González señaló: “El contexto externo desfavorable y la presión fiscal interna han reabierto el debate estratégico sobre cómo mejorar la competitividad y asegurar el crecimiento”.
La presión impositiva sobre la vitivinicultura argentina sigue en ascenso y, en términos comparativos, casi duplica la que soporta una finca o bodega de características similares en Chile. Esto se desprende de la actualización a este año de un estudio realizado por los economistas Alejandro Trapé y Juan Pott Godoy, de la Universidad Nacional de Cuyo, a solicitud de COVIAR. Según el informe, la carga tributaria representa el 57,1% del excedente puro de una finca y se eleva al 62,4% para una bodega integrada, con variaciones según la escala: en las fincas pequeñas alcanza el 61,2% y en las bodegas chicas, el 63,4%.
En este marco, González expresó su expectativa de que durante este año el Gobierno nacional impulse una reforma tributaria integral que revise el IVA, Ganancias y también los impuestos provinciales y municipales, cuyo peso –afirmó– “resulta decisivo en la fabricación, los despachos y la venta al consumidor final”. Para el dirigente, sin una revisión profunda de la estructura impositiva será complicado recuperar competitividad frente a otros países productores.
Una manera concreta de medir el impacto fiscal es analizar el caso de una bodega integrada en Mendoza, con producción propia de uva. Sobre el total de ingresos, los costos operativos absorben el 81% y dejan un resultado empresario inicial del 19%. De ese excedente, los impuestos se llevan el 62,4%, reduciendo significativamente la rentabilidad final del negocio.
El informe de la UNCuyo señala que esta presión supera ampliamente los promedios nacional y regional y casi duplica la carga que enfrentan los productores en Chile. Mientras en Argentina los tributos representan el 57,1% del excedente de una finca y el 62,4% en una bodega, en Chile equivalen al 33,3% y 42,4%, respectivamente. Además, el estudio advierte que la presión fiscal viene en aumento desde 2017.
El contexto internacional
En la caída de los márgenes de rentabilidad también influyen los elevados costos logísticos. En este sentido, los empresarios del sector sostienen que una mejora en el poder adquisitivo de la población podría dinamizar las ventas internas, que el año pasado registraron una baja del 2%. “Si la gente mejora sus ingresos, el consumo reacciona”, enfatizó González.
Según datos del sector, en el año en curso las exportaciones muestran una retracción interanual en volumen, en un contexto de menor consumo global, sobreoferta internacional y fuerte competencia de países como Chile, España y Australia. El desafío pasa por recuperar valor agregado y posicionamiento en los segmentos premium, donde Argentina logró diferenciarse en la última década.
Actualmente, las empresas que integran COVIAR exportan principalmente a Estados Unidos, Reino Unido, Canadá, México y Brasil, y el objetivo es avanzar hacia nuevos destinos, especialmente en Asia. Ruggeri explicó que “la apertura de mercados es una prioridad y en Asia estamos dando pasos graduales, aunque los costos logísticos son elevados”.
También remarcó la intención de profundizar la presencia en Brasil, donde el consumo per cápita crece año tras año y los vinos argentinos ganan posicionamiento entre los consumidores.
En paralelo, el mercado interno tampoco muestra dinamismo. El consumo per cápita se mantiene estable, lejos de los niveles históricos, y la sustitución por otras bebidas impacta en bodegas pequeñas y medianas, que dependen en mayor medida del canal doméstico.
Ruggeri sostuvo que el acceso al financiamiento es un factor determinante para que las empresas puedan invertir en tecnología, modernizar maquinaria y mejorar procesos productivos. “Sin crédito a tasas razonables es muy difícil ganar eficiencia y bajar costos. La incorporación de tecnología no solo mejora la productividad y la calidad, sino que también permite optimizar la estructura de gastos y lograr que el precio final en góndola se adapte mejor al bolsillo del consumidor argentino”, afirmó.
Según explicó, la competitividad no depende únicamente del tipo de cambio, sino también de la capacidad de inversión para agregar valor.
Enoturismo y tendencias de consumo
El debate institucional cobra relevancia en este contexto. COVIAR impulsa planes estratégicos orientados a la diversificación de mercados, la promoción externa y el fortalecimiento del enoturismo. Ruggeri sostuvo que esta modalidad permite dinamizar actividades vinculadas como la gastronomía, la hotelería, el transporte y las excursiones turísticas.
“El universo del vino se potenció. Ya no se trata solo de degustaciones: cada vez más personas viajan a las provincias productoras para conocer el origen, la cultura y el proceso productivo, y eso activa otras economías regionales”, explicó.
Las fortalezas del sector volverán a exhibirse en la próxima edición de la Fiesta Nacional de la Vendimia, el 7 de marzo en Mendoza, donde la dirigencia vitivinícola pondrá en agenda los desafíos productivos y exportadores.
La discusión gira en torno a cómo financiar y actualizar esas herramientas en un entorno de ajuste fiscal y revisión de estructuras público-privadas.
En términos productivos, el desafío es doble: mejorar la productividad por hectárea y sostener la calidad. La reconversión varietal, la inversión en tecnología de riego y la adaptación al cambio climático forman parte de la agenda. Las heladas tardías y eventos extremos en distintas campañas expusieron la vulnerabilidad climática de varias regiones.
Finalmente, tanto González como Ruggeri se refirieron a las preferencias de los consumidores. En el mercado interno, el 70% de las ventas corresponde a vinos tintos (con el Malbec a la cabeza), mientras que el 30% se distribuye entre blancos, espumantes y rosados. No obstante, señalaron que crece la demanda de blancos dulces con menor graduación alcohólica, especialmente entre los consumidores más jóvenes.
En el segmento premium de exportación, en cambio, la participación es más equilibrada, con una relación cercana al 50% entre tintos y blancos. “Creemos que el Torrontés riojano puede convertirse en el gran protagonista de este año por su identidad y potencial en mercados externos”, concluyeron.
