Las crisis de migraña suelen intensificarse durante el verano debido a factores ambientales y modificaciones en la vida cotidiana. El calor extremo, la exposición solar prolongada, la deshidratación y la luz intensa actúan como desencadenantes en personas predispuestas, incrementando la frecuencia y severidad de los episodios, según explican especialistas en neurología del Instituto Nacional de Neurología y Neurocirugía de México.
Desde el punto de vista fisiológico, las altas temperaturas obligan al organismo a regular el calor mediante la dilatación de los vasos sanguíneos cercanos a la piel. En quienes padecen migraña, este proceso genera una respuesta exagerada del sistema nervioso: la dilatación vascular y la inflamación asociada son interpretadas por el cerebro como dolor, aun sin la presencia de una infección o lesión concreta.
A estos mecanismos se suman otros factores típicos del verano, como el resplandor intenso y los cambios de rutina. La sensibilidad a la luz aumenta y puede detonar crisis ante reflejos solares o pantallas, mientras que dormir y comer en horarios irregulares, modificar niveles de estrés o alterar actividades diarias eleva el riesgo de episodios. También influyen fenómenos ambientales como tormentas, cambios de presión atmosférica, polen y alergias, que favorecen la liberación de histamina y agravan los síntomas.
Los especialistas recomiendan adoptar medidas preventivas durante los meses de calor, como mantener una hidratación adecuada, evitar la exposición solar en horas pico, usar protección visual y conservar horarios regulares de sueño y alimentación. Además, aconsejan cuidar la correcta conservación de la medicación y llevar un registro de los episodios para identificar detonantes. Estas estrategias, junto con el seguimiento médico, permiten reducir el impacto de la migraña estacional y mejorar la calidad de vida de quienes conviven con este trastorno.
