
En Santa María, el cierre de The Yoka Gym generó una profunda preocupación entre vecinos, alumnos y docentes. El gimnasio, que funciona hace más de una década y tiene su sede actual en el Club Calchaquí, fue clausurado tras denuncias por ruidos molestos. La decisión judicial impone una multa de $500.000 y exige una aislación acústica que, según sus responsables, resulta económicamente inviable. La medida afecta a más de 170 personas que encontraban allí un espacio vital para su bienestar físico, emocional y social.
The Yoka no solo ofrecía clases de zumba, funcional, cardio, ritmos urbanos y musculación, sino que también contenía a más de 50 niños y niñas. Sus responsables, Ayelén y Daniel Condori, aseguran que el espacio nunca recibió advertencias previas ni fue medido con los mismos criterios que otros locales comerciales de la zona. Denuncian un trato desigual y una exigencia que pone en riesgo la continuidad del proyecto, que cumplió este año 13 años de trabajo ininterrumpido en la comunidad.
La clausura no solo afecta a quienes entrenan allí: impacta en una red de contención que incluía salud mental, integración social y prevención del sedentarismo y las adicciones. En un contexto donde la salud emocional es una preocupación creciente, perder un espacio como este significa mucho más que dejar de hacer ejercicio. Para muchas familias, The Yoka Gym es sinónimo de comunidad, disciplina, alegría y pertenencia.
Como muestra de apoyo, decenas de alumnos realizaron un abrazo simbólico en el lugar clausurado y se movilizaron hasta la Plaza Manuel Belgrano, donde brindaron clases al aire libre. La comunidad exige una revisión de la medida y alternativas que permitan reabrir el espacio sin asfixiar económicamente a sus responsables. Mientras tanto, el gimnasio permanece cerrado, pero su gente sigue en movimiento.