
El 4 de febrero de 1898, un fuerte terremoto sacudió la localidad de Pomán, en el oeste de la provincia de Catamarca, provocando graves daños materiales y la muerte de una persona, además de una profunda conmoción social que marcó para siempre la historia del departamento.
El sismo, cuya intensidad alcanzó el grado VIII de la escala Mercalli, fue clasificado como severo. El movimiento telúrico causó serios daños en construcciones y derrumbes en viviendas de adobe.
El fenómeno no solo afectó a Pomán, sino que también se sintió con fuerza en Saujil, Mutquín, y otras localidades del departamento, además de Andalgalá, Belén y poblaciones de La Rioja. Incluso fue percibido en provincias como Salta, Tucumán, Santiago del Estero y el norte de Córdoba.
Tormenta, creciente del río y huida de los pobladores
De acuerdo a los registros de la época, el epicentro habría estado ubicado en la villa de Pomán, según señaló el ingeniero Carlos Werning, quien residía entonces en la mina “La Constancia”, en Pilciao, Andalgalá.
Relatos transmitidos de generación en generación describen una noche cálida y serena que se vio abruptamente interrumpida por un movimiento oscilante, sin el estruendo habitual que suele acompañar a estos fenómenos. El colapso de la torre de la capilla de San Sebastián confirmó la magnitud del terremoto y generó pánico entre los pobladores.
En medio de la desesperación, vecinos retiraron la imagen del santo patrono y se refugiaron en espacios abiertos, mientras una intensa tormenta con granizo y fuertes vientos se desataba sobre la zona. Horas más tarde, una creciente del río, acompañada de barro y vegetación arrastrada, obligó a las familias a huir hacia zonas más alejadas del río.
Con la llegada del amanecer, se constató que pocas viviendas colapsaron por completo, aunque se lamentó la muerte de un joven, quien falleció tras recibir el impacto de una viga de su vivienda.
Como gesto de agradecimiento, al día siguiente los vecinos realizaron una peregrinación hasta Saujil, donde se encuentra la imagen del Señor del Milagro, tradición que se mantiene hasta la actualidad como recuerdo de uno de los episodios más dramáticos de la historia local.
El testimonio de estos hechos fue recopilado a partir del relato oral de Ana Werning de Espeche, quien vivió el terremoto y transmitió su experiencia a las generaciones posteriores.


